Ciudad de México, 9 sep (EFE).- La carga socioeconómica de la degeneración macular neovascular asociada a la edad (AMD) y el edema macular diabético (DME) alcanzó los 60.000 millones de dólares en 2023 en diez países y podría crecer un 64 %, hasta superar los 98.000 millones en 2032, según un análisis del WifOR Institute.
El estudio, encargado por Roche y divulgado este martes en el marco del Roche Ophthalmology Virtual Media Event, abarca Brasil, Canadá, China, Francia, Alemania, Italia, Japón, España, Reino Unido y Estados Unidos, y considera no sólo el impacto sobre los sistemas sanitarios, sino también las pérdidas en trabajo remunerado y no remunerado.
Entre 2017 y 2023, la carga acumulada de ambas enfermedades ascendió a unos 356.000 millones de dólares en esos países, mientras que para el periodo 2024-2032 se estima que alcance los 715.000 millones de dólares.
“Tenemos que situar la salud como una inversión y no como un costo”, afirmó el fundador y director ejecutivo del WifOR Institute, Dennis Ostwald, quien defendió que el impacto de la pérdida de visión debe trasladarse también a decisiones económicas y no quedar limitado a las políticas sanitarias.
El experto sostuvo que el cálculo debe incorporar actividades que suelen quedar fuera de las estadísticas tradicionales, como el cuidado de niños, el apoyo familiar y otras tareas no remuneradas que pueden dejar de realizar las personas con pérdida de visión.
“Cada euro o cada dólar invertido en salud visual crea un retorno de la inversión, un valor para la sociedad”, señaló Ostwald, quien consideró que estas cifras permiten construir un argumento económico para convencer también a ministros de Finanzas y otros responsables públicos.
Según datos difundidos por Roche, más de 330 millones de personas viven con ceguera o pérdida de visión en el mundo, una condición que puede afectar la autonomía y actividades cotidianas como leer, conducir, reconocer rostros o trabajar.
En Europa, la degeneración macular neovascular asociada a la edad y el edema macular diabético afectan a unas nueve millones de personas y se prevé que su prevalencia aumente conforme envejezca la población, señala Roche.
Datos para dimensionar el problema
Para la directora ejecutiva de Retina International, Avril Daly, ambas enfermedades “van más allá de la pérdida de visión” y repercuten en la vida laboral, familiar y social de quienes las presentan.
“Sentimos, como pacientes, que esta es una comunidad olvidada, desatendida y poco valorada”, afirmó Daly, quien llamó a revisar la manera en que las políticas públicas consideran a una población mayor que permanece activa durante más años, incluso después de alcanzar la edad de jubilación.
La representante de Retina International destacó la importancia de contar con datos que permitan medir esas consecuencias más allá de las experiencias individuales.
“Si hablas con ministros de Salud, de cuidados sociales o de Finanzas, ellos hablan en números. Necesitamos tener los datos”, señaló Daly.
El papel de la detección temprana
La pérdida de visión también puede trasladar parte de la carga hacia familiares y cuidadores informales, quienes acompañan a consultas, ayudan en actividades cotidianas y proporcionan apoyo económico y emocional.
La responsable principal global de ciencia médica de Roche y cirujana vitreorretiniana, Nancy M. Holekamp, destacó en ese contexto el potencial del diagnóstico temprano y de las herramientas de inteligencia artificial aplicadas al análisis de imágenes.
“Si diagnosticas algo antes es más fácil tratarlo y los pacientes tendrán mejores resultados”, afirmó Holekamp, quien señaló que la oftalmología se encuentra entre las áreas que avanzan en el uso de análisis de imágenes asistido por inteligencia artificial.
La especialista matizó que ampliar estos sistemas de detección requiere también que los servicios sanitarios tengan capacidad para adoptar nuevas tecnologías, derivar a los pacientes y garantizar una atención especializada oportuna.
Holekamp apuntó al desarrollo de tratamientos de mayor duración como una vía para reducir la frecuencia de las intervenciones y, con ello, la carga que recae sobre pacientes, familiares, clínicas y sistemas sanitarios.
Para Ostwald, esas consecuencias deben formar parte de la evaluación de las políticas de salud visual: “Los costos de la inacción son demasiado altos como para no actuar ahora”, enfatizó.



